RENE PERALTA, PADRE DEL MONTAÑISMO CATAMARQUEÑO
"ANAJ KARMA KUNTUR INA (siempre arriba como el cóndor)"

Desde nuestro espacio queremos brindarle un marecido homenaje a uno de los Padres del Montañismo Catamarqueño, y quien mejor para expresar entre líneas lo que fué y dejo este gran hombre que Eduardo Aroca, hombre de montaña que conocio y compartío con Don Ñato memorables momentos, en estas lineas enviadas por Eduardo, se revela una claridad de el montañista que fue: ético y filosófico en lo profundo.
En la década del ‘70 empezaron a atraerme las montañas. Esa especie de magia que esconden sus quebradas, laderas y cumbres -que hasta el día de la fecha no pude terminar de comprender ni develar- poco a poco me fue absorbiendo.
Buscando quien oriente mis pasos llegué a René Peralta (el “Ñato” para muchos, el “Inca” para los montañistas y “Pata Fuerte” para los antofagasteños), una especie de duende, que como a las montañas, lo rodea un halo de algo parecido al misticismo. Él me fue abriendo en el tiempo, una a una las ventanas y las puertas de cada valle, portezuelo, filo y cumbre.
Seguramente que, gracias a la Pachamama, adolecía de algunos fríos tecnicismos que hoy dominan e insensibilizan al montañismo, pero minuciosamente me enseñó otras técnicas más importantes: que no hay que subir mas alto, mas rápido, ni mas lejos, sino que hay que detenerse donde el paisaje se acomoda de tal manera, que uno encuentra el lugarcito del mundo que soñó.
Me enseñó el placer que se siente al meter las patas en el agua fresca y pura de los arroyos.
Me develó el secreto de sentarse al borde del abismo e imaginarse los mundos que existen mas allá del horizonte; me hizo escuchar los sonidos de las cumbres y los silencios de los senderos, me enseñó a descifrar los mensajes del silbo largo –como una quena o una zampoña- del viento, y que el hombre, en definitiva, es paisaje que anda (justo como decía don Atahualpa Yupanqui).
Con su vieja y maltrecha mochila de lona con estructura de caños, un día me abrió las puertas de la puna y la cordillera, de las que nunca me fui.
Pisamos juntos algunas cumbres y muchos changuitos y chinitillas, que por primera vez miraban el mundo desde arriba, nos seguían en una viboreante y nerviosa fila.
Junto a otros locos como él, fundó la Agrupación de Montaña Calchaquí en la década del ‘50 con el sueño de ascender el Ojos del Salado… y treinta años después, junto a otros locos como él, se lo cumplí. Despertó en los catamarqueños la inquietud de que, siendo hombres y mujeres que vivíamos en medio de las montañas, debíamos conocerlas y recorrerlas.
Baqueano de cada rincón de la geografía catamarcana, se transformó en un defensor y difusor de nuestras costumbres, tradiciones y de la historia no contada de nuestra tierra. Buscador incansable de rarezas, en la casa de la avenida Ocampo guarda celosa y obsesivamente su mas preciado tesoro: un “museo de cosas raras” (como lo bautizó), donde se puede ver desde una punta de flecha hasta un aerolito.
Aficionado a la arqueología, luchó sin armas ni formación por la defensa de nuestro patrimonio, como el dr. Omar Barrionuevo. Junto a Tito de la Colina abrieron las puertas de Antofagasta de la Sierra. En los más recónditos rincones de nuestra geografía aun hay gente que lo recuerda como maestro rural, censista, encargado de campañas de vacunación o guía de grupos de montañistas.
Es de esos catamarqueños que hoy escasean, que todo lo hacen por el placer de servir y ser felices.
Muchos de los que compartimos sus huellas, íbamos también tras de sus historias, que desgranaba en interminables fogones, donde frecuentemente nos sorprendían los amaneceres.
Pasaron los años y subí muchas cumbres; si bien no estaba a mi lado, sus consejos no sólo me ayudaban a llegar, sino también a volver.
Con el tiempo pisándole los talones, pacientemente esperó que la primavera se haga sentir y lentamente armó su vieja mochila de lona. Sus doloridos huesos se refrescaron cuando la sintieron ajustarse a la espalda y -como siempre solo y en silencio- el 5 de Octubre empezó a subir por los faldeos del Ambato.
Nadie sabe qué abra cruzó ni los cambios de filo que hizo; seguramente le sobran lugares para ir, muchas cumbres lo esperan. Esperan su regreso, porque es de allí, como los cóndores.
El Ñato, como un Coquena, ahora anda entre los cerros de su Catamarca, no sé si lo veremos, pero no duden que nos hará saber que está allí.
Cuando en silencio transitemos un filo cumbrero y escuchemos el estilete del ala de un cóndor rasgar el aire leve y abismal, es el silbido del Ñato que nos saluda. Será la señal de que estamos vivos.
René Peralta “el Ñato”, padre del montañismo catamarqueño.
Mi maestro.
J. Eduardo Aroca
Montañista – Fotógrafo
Octubre de 2011
Compartir
Comentarios (1)


















